03 octubre, 1980

Noche de autos


Por culpa
de su frenesí
no eché el freno
y me corrí.

«Menudo
derrape, muñeca»
-le dije con cara
de circunstancias-
«Mañana sin falta
bajamos a la farmacia»

Borrachos
como estábamos,
firmamos el
parte amistoso
y nos quedamos
dormidos
hasta el
mediodía.


* * *

Me
dijeron
que tuvo
una niña.

La llamó
Mercedes.

02 octubre, 1980

Tu culo blanco


Fue a
decirlo
el vendedor
de gominolas:

«Quisiera
ser, princesa,
pelo del coño tuyo,
para poder vivir
más cerca de tu
culo blanco».

Y yo,
que soy
un sensible,
me emocioné.

01 octubre, 1980

Perros y caballos


Lisa Lamorgue
quería una vida
casadelapradera,
pero yo sólo
podía ofrecerle
pinkflamingos
y gracias.

¡Tengamos hijos!
—me dijo—
¡Criemos perros
y caballos!

Sí, sí…
—le respondí,
mientras metía
mis cosas en
la maleta.

30 septiembre, 1980

Es para ti


Me ofreciste tu coño
a las tres y media
pero lo rechacé
porque ya había comido.

Me preguntaste:
¿Qué te parece?
Yo te respondí:
Hambriento...

"Es para ti",
me dijiste.

¿No podías haberme
comprado un libro?

Al final,
acabamos
follando
por inercia
en el sofá,
como casi
siempre.

La próxima vez
no vuelvo
a invitarte
a comer.

29 septiembre, 1980

Grave edad


Cuando era joven tenía una
polla reluciente y blanca.

Era un mástil de carne varado
entre mis piernas, una amenaza andante,
una prolongación de mi alma.

Ahora soy viejo y me depilo
las canas con pinzas de mujer:

Frente al espejo de mano,
mientras finjo ver la tele,
las cerceno una por una.

Mi polla ya no refulge,
ni es blanca, ni amenazante.

Mi polla es una broma pesada
del tiempo, hecha carne.

Carne blanda y absurda,
vencida por la ley
de la grave edad.

28 septiembre, 1980

Síndrome de abstinencia


Llevo una semana
oliendo tus bragas,
tus fabulosas bragas.

Las bragas que
te dejaste en el
cestón de la ropa
sucia, olvidadas.

Tus olorosas bragas.

Las bragas que
llevan tu esencia
prendida del encaje.
Del encaje azul
de mi memoria.

Tus putas bragas.

Me las voy a
comer enteras,
como no vuelvas,
maldita guarra.

27 septiembre, 1980

Querida zorra mía




















Querida
zorra mía:

No sientas celos
de la pornografía.

Sabes bien
que esos culos,
para mí, no
significan
nada.

Lo que ocurre
es que con algo tengo
que ayudarme para
hacerme pajas.

Si te sirve
de consuelo,
suelo pensar
en ti cuando
limpio mis
corridas
del parqué:

Echo
de menos
entonces
tu lengua
avariciosa.

26 septiembre, 1980

Me bailan las pelotas




















Mis pelotas bailan
al arrullo de la brisa
y suenan alegres
como campanillas.

Las meneo
felizmente
frente a tu
vaso de
horchata.

Mis pelotas,
te digo, también
saben a horchata.

Saben
a horchata
de chufa Chufi,
a horchata
de chufa Che.

Agáchate,
atrévete,
y chúpame
el grifo.

Verás qué
escandalera,
horchatera.

25 septiembre, 1980

Cho-Chin



Algunas tardes
voy a buscarla
cuando sale
del bazar.

Me la traigo
a mi casa
y la invito
a refresco
y después
follamos.

La llamo
Cho-Chin
porque no
sé su nombre
y es china.

Y tiene
el coño
pequeño
y estrecho
como todas
las chinas
de China.

Es tan
sumisa
que creo
que hasta
le gusta.

La conocí en
el bazar chino
"Prosperidad",
que tiene de
próspero lo
que tengo yo
de elegante.

Quería
comprar
una de esas
lámparas de
lava fundida,
y, al final,
me compré
una chinita
fundidora
de pollas.

Cho-Chin,
me gusta
tu chocho
estrechín.

Brindo por él
con Chinchón.

Esta noche
te lo como
con palillos.

Chin-chin.

24 septiembre, 1980

Las sirenas no tienen coño


La conocí
en verano,
en el Blue
Mockingbird,
no la busqué.

Pero era una
zorra adorable.
La más bella
del lupanar,
con diferencia.

Era la
puta reina,
joder. Qué
clase tenía.

Paseaba sus
nalgas de nácar
por entre las
sillas de mimbre
bañadas en humo
como una jodida
diosa griega,
maldita sea.

Cuando se
acercó a mi mesa,
fría y serpenteante,
no pude reprimirme
y me lancé:

«¡Llévame contigo
al fondo del mar,
sirena!» —imploré,
vergonzosamente,
porque, en el fondo,
he sido siempre
un romántico
incorregible.

Ella tomó
entonces mi mano
con fuerza y la
llevó directa a
su entrepierna:
Su coño estaba
caliente y mojado
y olía a mar.

Me dijo:
«Las sirenas no
tienen coño, vaquero.
A ver si te enteras»

Qué bien mentía
la muy cabrona.

23 septiembre, 1980

Compañía



Se suponía
que aquella noche
íbamos a follar.

Lo tenía todo
preparado:
Las bebidas,
la habitación,
el ambiente…

¡Hasta me había
duchado, joder!

Llegó a casa a las
nueve y media.

Bebimos y
hablamos de cosas
que entonces no
me importaban mucho
y, ahora, me importan
todavía menos.

Nos fuimos a la habitación.
Se quitó la ropa y me dijo:
«¿Tienes una camiseta?»

Le presté la más pequeña.

Nos metimos en la cama:
Ella agitando el trasero,
yo frotándome las manos.

Cuando empecé a tocarla,
cogió mi mano y la apartó
súbitamente:

«¡QUIETO!»
—bramó la muy
hija de puta.

¿Qué ocurre?
—pregunté yo,
desconcertado.

«No puedo
hacer eso»
—me dijo.

¿Sifílis?
¿Gonorrea?
—sugerí.

«Novio»
—dijo ella.

Entonces,
¿Se puede
saber qué coño
has venido a
hacer aquí?

«Compañía»
—respondió
impasible.

Pues hay
que joderse.

22 septiembre, 1980

Mademoiselle la Féministe



«Yo te diré
lo que te ocurre,
Farruco Jones»,
me espetó
muy encendida
Mademoiselle
La Féministe:

«Eres un
cerdo fanfarrón,
un proxeneta
y un borracho.
Y un misógino
de mierda que
no tiene ni idea
de literatura».

Esta bien,
apunté yo,
ahora dime
algo que
no sepa.

«Te aprovechas
de las mujeres,
Farruco Jones,
debería darte
vergüenza».

«Y, además,
estoy segura de que
no follas ni la décima
parte de lo que dices».

En eso
tienes razón,
yo también
creo que debería
avergonzarme.

«Con tu edad,
apuesto a que ya ni
la polla se te levanta,
oh, maldito fanfarrón
de los cojones»

Esto me tocó
la fibra sensible
y me hizo levantar del
sillón como un resorte.

Me abrí la bata
y me saqué la polla
del calzoncillo
como si fuese
un cuchillo
de carne:

¡Feminista de mierda,
—le dije— ahora te vas a
enterar de lo que es bueno!

Se la metí
por todos los agujeros,
repetidas veces,
hasta que me corrí
encima de su boca
de víbora francesa.

Al día siguiente
estaba viviendo
conmigo.

Nunca más
volvió a leer a
Susan Sontag.

21 septiembre, 1980

Mi nombre es Farruco



Mi nombre
es Farruco.
Farruco Jones,
para servirle
a usted y a
su puta madre.
Para servirle de
estorbo, se
entiende.

Mi nombre
es Farruco
y confieso
que tengo pelos
en la espalda.

Pero también
tengo una polla
encarnada y gorda.

Mi nombre
es Farruco
y, una vez,
—primera
y última—
introduje
mi lengua
en un culo.

No volvería
a hacerlo,
pero la quería.

Mi nombre
es Farruco,
y soy el
azote de la
hipocresía.
O acaso
lo creía.

Mi nombre
es Farruco,
Farruco Jones.
Y tengo los huevos
repletos de amor.

20 septiembre, 1980

La verdad pelada



El hombre es
el único animal
que se la pela
dos veces con
la misma mano.

La puta,
la única
que admite
abiertamente
que cualquier
coño es un
puesto de
peaje.

A veces me
hago pajas por
puro aburrimiento.
Otras veces, sin
embargo, elijo
hacer crucigramas.

Habré
madurado,
sospecho:

Ahora prefiero
cascármela solo
antes que vender
mi alma por un
condenado
agujero.

19 septiembre, 1980

Para vosotras escribo



Amigas del copy–paste
corintelladesco, reproductoras
maquinales de falsos poemas
horribles de García Marketing.

Poetisas frustradas con
años de aburrido, degradante,
matrimonio a vuestras espaldas.

Pobres horteras.

Amas de casa resignadas;
cenicientas, que habéis descubierto
algo tarde el encanto de las
nuevas tecnologías.

Mis queridas zorras
sin imaginación, estrechas de mente,
frígidas de mierda, estreñidas morales
y menopáusicas cerebrales.

A vosotras,
encantadoras
abuelitas retrógradas
que me censuráis por
decir lo que todos
prefieren ignorar.

A todas: Solteras,
viudas y separadas.
Os invito a chuparme
la polla, cuando os canséis
de hacer el gilipollas.

18 septiembre, 1980

Telarañas en los huevos



Con el sexo
sucede lo mismo
que con el dinero:
Uno sólo se acuerda de
él cuando le hace falta.

Hace tiempo que no echo un polvo,
—no me avergüenza reconocerlo—
ya ni digamos un buen polvo.

Sé que tengo dos preciosas manos,
—una al final de cada brazo—
y una nutrida, aunque
malsana, imaginación.

Pero, por otra parte,
—debo decir esto también—
estoy tan hastiado, tan cansado
de todo, de todos y de nada, que
no tengo ganas ni de hacerme
una miserable paja.

La última vez que
disfruté follando
no tuve que pagar.
No inmediatamente.

Se llamaba
Minnesota
y fue casi bonito.

Era noviembre y fue
mi regalo de cumpleaños.

17 septiembre, 1980

Esta noche no voy a follar



Para variar, esta noche NO voy a follar.
En lugar de eso, escucharé
a los Iron Butterfly.

Mantequilla voladora,
tienen cojones estos ingleses.

Mantequilla fue lo que usó Brando
para dar por culo en El Último Tango.
Se notaba que el cabrón tenía oficio.

Después
—después de muerto—
se descubrió que era gay.

Entonces, muchos ataron cabos.
Y no los soltaron.

Son de esos cabos
que no se sueltan.

16 septiembre, 1980

El ataque de las ladillas asesinas



A veces sucede:
La metes en el agujero menos indicado,
por necesidad, distracción o por descuido.
Se entiende que por accidente.
Entonces ocurre.

Notas, primero, el incesante,
horriblemente molesto, cosquilleo.
Después, esas pequeñas mordeduras hijoputiles
que escuecen tanto que consiguen que desees
arrancarte los cojones a bocados.

Yo, que lo he probado,
confieso que no es divertido vivir
con una plaga bíblica
paseándose por las pelotas.

Tampoco es buena idea combatirlas
con matamoscas, por razones evidentes.
Lo mejor, si aceptáis un consejo,
es cundiamor y agua caliente.

15 septiembre, 1980

El amor es un pelo de coño



Como me mires así,
hija de puta, desafiante,
con los pezones en alto,
retando a duelo a la
escayola del cielorraso,
me acabaré enamorando.

No olvides, nena, que soy
un pobre animal nocturno,
y a los viejos taciturnos,
nos pierde un matojo
silvestre como el tuyo.

El amor es un pelo de coño.
Y el tuyo huele
a romero.