
La conocí
en verano,
en el Blue
Mockingbird,
no la busqué.
Pero era una
zorra adorable.
La más bella
del lupanar,
con diferencia.
Era la
puta reina,
joder. Qué
clase tenía.
Paseaba sus
nalgas de nácar
por entre las
sillas de mimbre
bañadas en humo
como una jodida
diosa griega,
maldita sea.
Cuando se
acercó a mi mesa,
fría y serpenteante,
no pude reprimirme
y me lancé:
«¡Llévame contigo
al fondo del mar,
sirena!» —imploré,
vergonzosamente,
porque, en el fondo,
he sido siempre
un romántico
incorregible.
Ella tomó
entonces mi mano
con fuerza y la
llevó directa a
su entrepierna:
Su coño estaba
caliente y mojado
y olía a mar.
Me dijo:
«Las sirenas no
tienen coño, vaquero.
A ver si te enteras»
Qué bien mentía
la muy cabrona.
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